Viaje al puerto de la esperanza

Si esperas en Dios, puedes llegar al puerto de la esperanza. La Hormiga

Margavita solía caminar muy temprano por las mañanas para aprovechar mejor su día. Oraba ella y meditaba en sus pendientes con mucha calma; esto, a pesar de sus muchas actividades que regularmente tenia, pues ella era una hormiga muy productiva y bastante ocupada. Pero cierto día de mayo, regresando ella de su caminata se encontró con su vieja amiga la libélula, quien estaba bastante preocupada por una gran cantidad de cosas que le estaban ocurriendo, pues el negocio de los fletes no andaba muy bien; por alguna razón desconocida había menos embarques que hace un año y además temía por su seguridad financiera. Por otro lado, la libélula tenía muchas deudas, tampoco tenia suficientes ahorros y el estrés le afectaba en gran manera, pues estaba a punto de perderlo todo.  Había trabajado tanto para conseguir el éxito, y ver que ahora todos sus sueños se venían abajo le causaba gran decepción, por lo que se sentía fracasada, frustrada, y sobre todo muy desesperada. Margavita, al verla se dio cuenta de que las cosas no andaba bien; por lo tanto, de inmediato la llevó de paseo a las minas que están frente al lago azul, e invitándola a tomar una pequeña embarcación, rápidamente navegaron dejando que el viento las empujara hacia un rumbo desconocido. La neblina era muy densa, casi no podían ver mas allá de su brazo, pero Margavita sabia lo que hacia, pues la llevo para que conociera el lugar donde años atrás ella misma había recibido una palabra de aliento que milagrosamente encontró en medio de aquella laguna. Eran unas piedras que sobresalían de la superficie del agua, en donde estaban escritas unas palabras que le volvieron la vida, el animo, y la fe. Margavita ya había estado ahí, pero ahora se había llegado el momento de compartirlas con la libélula esta experiencia. De pronto, la barca se detuvo al golpear con aquellas piedras. Margavita rápidamente se levanto y mientras la neblina desaparecía poco a poco se acercó para ver las piedras y luego prosiguió a leer lo que en ellas estaba escrito:

 “Cree en lo imposible”, decía aquella frase, impresa de milagro, desgastada por el agua y poco borrosa, pero que aun podía leerse con algo de esfuerzo. La libélula debía recordar que los milagros existen, que lo sobrenatural todavía era posible y que para el creador nada estaba perdido. Ella debía recuperar la fe, debía atreverse a creer que algo impresionante podía ocurrirle, y que aún de la nada, Dios podía levantar algo nuevo para ella. Ellas recordaron en ese momento las palabras del solemne maestro que decía, “si puedes creer, al que cree todo le es posible”.

 La otra frase que leyó Margavita decía “Confía en el creador”; pero Margavita le aclaró a la libélula que confiar en el creador no era decirle a El lo que tenia que hacer; si no mas bien, entregarle todas nuestras preocupaciones y dejar que su voluntad, la cual es perfecta, sucediera sin estorbo. Para la libélula esto no era fácil, porque ella siempre estaba acostumbrada a tener el control de todo. Pero en esta ocasión, por vez primera debía aprender a confiar en el creador y no cuestionar sus cuidados.

 La ultima frase fue interesante porque decía “Mantente esperando”; a lo que Margavita también agregó, “buenas cosas hay, para los que saben esperar”, recordando así una cita antigua que le venia de vez en cuando a la mente, y hoy no era la acepción. La libélula tuvo que aprender que la ayuda venia del cielo, que si dejaba todo en las manos del creador debía aprender a confiar, y sobre todo, a esperar con paciencia. Mientras tanto, Margavita empujo la barca alejándose de aquellas piedras. La pequeña embarcación avanzaba despacio, sin dirección y abriéndose paso entre el oleaje. Ya era casi medio día. De pronto, a lo lejos se dejo ver una pequeña colonia de hormigas sapientes (sabias) que tocaban trompetas y danzaban muy alegres por toda la orilla de la laguna. La libélula se mantuvo a la expectativa, Margavita sonreía y las sapientes rápidamente ofrecieron comida, regalos y un pequeño trozo de madera fina, y que al tomarlo la libélula leyó en ella lo siguiente: “aguarda al creador; esfuérzate y aliéntese tu corazón; si, espera en el creador”; finalmente habían llegado al puerto de la esperanza.

 

Miguel Cortez

Macortez1@live.com

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