El pesebre vacío

Por Miguel Cortez

En aquel tiempo, debajo del puente de San Luisito, podías encontrar casi cualquier cosa para navidad. Entre pinos, puesteros y mucha gente las ofertas de las esferas, de los nacimientos y de otros artículos podían verse sin cesar. Anuncios por allá, anuncios por acá. Vendedores ambulantes y carritos empujados por ancianos que ofrecían champurrado, churros y hasta elotes asados, y que a pesar del antojo mio, muchos no compraban por las filas largas y por la enorme prisa de llegar a casa. Pero Pedrito no pensó así, sino que se tomó el tiempo suficiente para hacer una pausa frente a lo que parecía ser un pequeño puesto de antigüedades. La dueña lo invito a entrar y Pedrito quedo cautivado por un viejo nacimiento de madera colocado bajo un precioso pino natural; pero lamentablemente, incompleto. Había magos, camellos, gallinas y unos pastores. María estaba hincada frente al pesebre y José a la expectativa, el pesebre estaba vacío y una flamante estrella que colgaba de la enramada indicando la presencia del niño Jesús, pero que ahora estaba ausente y solo Dios sabía a donde había ido a parar. Pedrito buscó entre todas las cosas, pero sin éxito ni fortuna. ¿Para qué sirve un nacimiento sin Jesús? Aunque no lo creas, Pedrito aprendió tres cosas de esta observación.

La primera fue que sin Jesús la celebración no tenía sentido, y aunque haya fiesta, piñata y cacahuates faltaba la esencia de la navidad; Jesús, el hijo de Dios que vino al mundo a salvar al pecador. Así que, una celebración navideña sin Jesús no tiene sentido, igual que la vida sin Él, tampoco la tiene.

Por otro lado, lo segundo que aprendió fue que un pesebre vacío puede representar el corazón de un hombre, quien teniéndolo todo, oro, mirra e incienso bien puede sentirse triste, solo y olvidado; a no ser que tenga a Jesús y entonces realmente se sienta satisfecho en le vida. Porque no es el mundo material lo que le da sentido, sino el hecho de que Dios, encarnado en Jesús lo complete y le llene el corazón de felicidad.

Y lo tercero que aprendió Pedrito, fue más bien una necesidad de buscar a Jesús. Entendió que debía buscarlo ahora y no mañana. Por lo tanto, en aquella hermosa noche de diciembre, llena de luces y chispas brillantes rebotando en el viento, Pedrito siguió buscando con perseverancia a Jesús entre las demás antigüedades que había en la tienda. La encargada del lugar no quiso ayudar, estaba tan ocupada en sus negocios que la vida se le iba entre sumas y restas. Todo el mundo estaba ocupado. Pedrito rebusco sobre las repisas, removió la estantería y hecho un ojo por detrás y nada encontró. ¿Dónde está Jesús? –dijo Pedrito, a lo que un extraño anciano que pasaba por aquel lugar le contesto: –Jesús está en todas partes. Pedrito miró al pesebre de nuevo, y finalmente entendió que Jesús quería nacer en su corazón.

Ahora Pedrito ya es grande, y no olvida esa experiencia. Disfruta de la navidad y no olvida llevar a sus hijos al mercado durante estas fechas. El suele visitar la antigua tienda, pide a sus hijos buscar a Jesús y por último se deja llevar por la nostalgia de aquellos años llenos de luces, caramelos y buñuelos que le recuerdan la paz, el amor y la bondad de Dios, expresada en su regalo más grande para toda la humanidad. Jesús.

Miguel Cortez

macortez1@live.com

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