Adelfo, y los principios del descanso

La gente de hoy trabaja duro. Algunas personas tienen hasta dos trabajos. Por otra parte, hay quienes trabajan de lunes a domingo y solo Dios sabe cuándo descansaran. Otras personas me han dicho que tienen varios trabajos porque no les alcanza el dinero. También supe que otros se llenan de actividades solo porque les gusta mantenerse ocupados; sin embargo, la pregunta que me hago hoy es “¿Cuánto puede durar, con el mismo ritmo, una persona con tanta actividad?” y “¿Hasta dónde puede llegar uno si se llena de tantos compromisos y cosas que hacer sin descansar?” Bueno, no piense mal. No estoy diciendo que sea malo trabajar mucho; solo pienso que trabajar así por un largo tiempo y sin descansar puede ser dañino para la salud; ya sabe, todo en exceso “no” es tan bueno que digamos.
El asunto es, que el otro día, yo cansado de mis múltiples actividades, me quede bien dormido en el cuarto que regularmente ocupo para estudiar, y no es extraño que me duerma ahí, lo que sí es totalmente misterioso es que al despertar me encontré rodeado de pequeños ratones mirándome curiosamente. De pronto, uno de ellos que se hacía llamar “Adelfo”, me apunto con su espada y lentamente me llevó hacia fuera para mostrarme unas bodegas extrañas, no pocas, pero si con grandes chimeneas humeantes cada una. Como era de noche, caminé con mucho cuidado sobre aquellas calles empedradas, pero eso sí, sin perder de vista al tal Adelfo, quien por momentos se adelantaba con cierta rapidez; no obstante, en pequeños lapsos de tiempo se detenía y volteaba la mirada hacia mí, pensante y sereno, como si él quisiera decir algo, pero luego continuaba.

Finalmente, al llegar al final del recorrido encontramos una puerta grande, cerrada por cierto y que en su dintel superior decía: «Clafcos». Al principio no entendí estas palabras, pero luego supe que era un código que usaban en honor a “Claudia” una antigua reina que les había dejado un gran legado de arte y literatura llena de magia y sabiduría. Aquel cuarto estaba lleno de libros, pergaminos y mapas. Había también máquinas de escribir y una pequeña imprenta que todavía funcionaba perfectamente. Adelfo tomo unas tarjetas de cartón, muy fino, y me pidió que las leyera en presencia de otros ratones parecidos a él.

La primera decía «Guardarás el día de reposo…seis días trabajarás, y al séptimo día reposarás, para que descanse tu buey y tu asno, y tome refrigerio el hijo de tu sierva, y el extranjero». Por el momento, no pude recordar cuando fue la última vez que yo descansé de mis “hartas” tareas. Pero si recordé que no fuimos creados para los excesos. Somos carne y no maquinas; por lo tanto, el cuerpo se cansa y debe reposar antes de que este entre en conflicto y sea demasiado tarde para componerlo.

La segunda tarjeta decía «No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta cada día su propio mal». Pensé en mis días laborales de doce horas. Traté de contar mis días, pero el tiempo que yo había estado tan ocupado ya se había robado mis recuerdos, mi pasado y gran parte de la historia que nunca viví.

Adelfo se veía muy tranquilo, pacífico y paciente por mí. Yo finalmente miré la tercera tarjeta y vi que en esta decía «Aprende a descansar en Dios…» ¿Descansar, en Dios? ¿Cómo es esto posible? –pensé dentro de mí. Pero al instante la piel se me puso chinita, Adelfo se acercó a mí y me dijo en voz muy baja: “-hijo mío, no se aparten estas cosas de tus ojos; guarda esta ley y este consejo. Y serán vida a tu alma, y gracia a tu cuello. Entonces andarás por tu camino confiadamente, y tu pie no tropezará. Cuando te acuestes, no tendrás temor, sino que te acostarás, y tu sueño será grato. (Prov 3:21-24)- ¡Mi cuello! – pensé yo- cuanto dolor por estrés! –¿Y mi sueño? – hace tiempo que no descanso- pensé yo.

Después me senté junto a una lámpara para pensar. Adelfo me dejó solo por unos momentos. Trate de acomodar mis pensamientos y de repente un ruido lejano me sorprendió. Era una alarma en forma de silbato que anunciaba las ocho en punto de la mañana. El tiempo había pasado y se había llegado la hora de trabajar, al menos para los ratones, que juntos todos llegaban a las bodegas donde fabricaban queso de calidad. Por último, salí a caminar y solo encontré una tienda de antigüedades, que por cierto casi me da un infarto, porque al entrar vi que era mi recamara, con una tasa de café caliente y un libro negro en la repisa que yo mismo había dejado la noche anterior. ¡Vaya experiencia que te cuento! Mi visita a la “Ciudad de los quesos escondidos” fue todo un misterio, así como también la llave de cristal que encontré bajo mi almohada, aquel día fresco de octubre del año 2017. 

 

Miguel Cortez

macortez1@live.com

©Copyright 2017 

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