La teología de la “H”

Un joven vendedor de sombreros viajaba cada cierto tiempo a un pueblo ubicado arriba en la montaña. Su misión consistía en surtir nuevos sombreros a un viejo almacén ubicado frente a una plaza. El tren que lo transportaba por lo regular arribaba al pueblo a eso de las seis de la tarde, pero el regreso se aplazaba hasta el siguiente día con la salida del sol. Por tal razón, el joven Miguel, como según le decían, y quien fuera un contador estudiado de la academia, debía pasar la noche en una vieja recamara, que muy cortésmente, le preparaban para su esporádica visita. No disponía de mucho tiempo para conocer el pueblo, aunque dudo mucho que hubiera algo por conocer, a no ser por la vieja casona abandonada, que por cierto, a nadie le interesaba conocer, o por lo menos hasta que Miguel visito el pueblo la última vez.
Transcurría el mes de septiembre, las fiestas patrias estaban a la vuelta de la esquina y las luces de colores verde, blanco y rojo adornaban todo el pueblo. En la plaza los faroles lucían como nuevos, las calles empedradas brillaban con el favor de la luna; a lo lejos se escuchaba el trombón, la trompeta, el clarinete y el tambor, que amenizaban las vísperas del día de la Independencia. Pero, no era eso lo que le quitaba el sueño a Miguel, si no la vieja casona abandonada, que en espacio de su última estancia, decidió finalmente entrar por la ventana, y muy a pesar de las leyendas de espantos, el encontró un libro muy interesante que contenía una tal “Teología de la H”, y que por cierto, ahora te explico.

Era nada más y nada menos que una libreta vieja llena de polvo, letras, números y símbolos; desorganizados y al parecer sin sentido, escritas por niño hace más de cincuenta años. Planas de la A, de la B, de la C y de todo el abecedario. Números del 0 al 9; series del 3, del 5 y del 7; garabatos en las portadas y símbolos borrosos por el paso del tiempo. La casa tenía más de cincuenta años abandonada, pero el mensaje que encontró dentro de aquella libreta era tan nuevo que luego lo resumió en tres frases teológicas simples que todo hombre debe saber:

Primero, que la “H” no se pronuncia, pero si existe. Así es Dios, que a veces vivimos como si no existiera, pero si existe, y es tan real como el aire que respiramos. Él es, y siempre está presente, aun y cuando uno no lo pronuncie.

Segundo, que el abecedario sin la “H” es incompleto; así como todo ser humando es incompleto sin Dios. El apóstol Pablo decía que “todas las cosas en El subsisten” (Colosenses 1:17) y que todo fue creado por medio de Él, y para El (Colosenses 1:16). Por lo tanto, si todo fue así, entonces sin Él, estamos incompletos, así como la “H” y el abecedario.

Y en tercer lugar, quitar la “H” de las palabras que llevan “H” es un error y una falta grave de ortografía; así también como no reconocer a Dios cuando se le debe reconocer. Es decir, que a Dios damos gracias por la vida, pero no damos gracias a la vida por Dios; sino que honramos a Dios porque El da la vida, y la vida no tiene nada que darnos, a menos que sea Dios quien se lo de primero.

Una reportera hizo una leve pausa cuando dio gracias a las buenas estructuras de un edificio que no cayeron encima de ellos durante un terremoto. Quizá, ella dudo a quien dar gracias –pensó unos segundos- pero luego de “no” agradecer a Dios, finalmente prefirió agradecer a la estructura. ¿Ves a lo que me refiero?; suprimir a Dios es ignorarlo, no es bueno y es una falta grave. Lo mismo que la “H”, si la quitas no pasas el examen, el esfuerzo se viene abajo y hay que volver a empezar.

Pero esta teología es de niños, que muy despacio Miguel supo extraer y resumir de aquellas páginas empolvadas en la vieja casona; quien por cierto, paso toda la noche ojeando otros libros y cuadernos que encontraba bajo los escombros.

El tiempo transcurría, el silencio era sublime y las viejas leyendas parecían haber hecho una pausa en el viento, que otorgaban un espacio para Miguel quien seguía investigando. No obstante, la mañana llego, el silbato del tren se dejó escuchar y Miguel de un brinco salió corriendo de la casona en busca de sus maletas. Así que, en punto de las siete de la mañana el tren salió de regreso, Miguel abandonó el pueblo y esa fue la última vez que se le vio por ahí. Por ahora el tiempo ha pasado, y los escritos de la casona permanecen ahí, en el viejo pueblo, arriba en la montaña, reposando bajo algún escombro y listos para ser descubiertos otra vez.

 Miguel Cortez

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