Ausencia

Me puse mis zapatos nuevos para ir a la escuela. En el transporte escolar nadie se percató de mis nuevos zapatos y eso me dio paz. Cuando llegamos a la escuela de pronto el timbre se dejó escuchar y todos corrimos hacia la plaza cívica. Formamos líneas, uno detrás de otro, del más chico al más grande; bien alineados en silencio saludamos a la bandera cuando pasó frente a nosotros. Yo estaba en sexto año, y nuestro profesor nos veía desde el segundo piso, muy pendiente el de la conducta, la alineación y del respeto. Se llamaba Moisés y algunos le decían “Moi”. Pero en el salón le llamábamos profesor. Un día se enfermó y nos mandaron un suplente que duro varios meses. El maestro Moi no daba señas y pensamos que no regresaría. El ataque al corazón lo había dejado fuera y la directora no daba mucha información. El suplente era muy bueno con nosotros, sabía mucho y convivía con los estudiantes, se esforzaba por conectarse al grupo y aunque fue valorado no cabía en los zapatos de nuestro profesor. Lo que quiero decir con esto, es que hay ausencias que pesan y es difícil remplazar todas aquellas experiencias positivas que nos han dejado aquellos que ya no están; entiendo que el vacío que se genera es profundo, el sentimiento depresivo es casi inevitable y la motivación se pierde en la nada. Pero, aunque fue muy confuso para mis compañeros y un servidor, tuvimos que esforzarnos y seguir mirando el pizarrón, dando lata como de costumbre y, “echando un ojo” por la ventana por si acaso regresaba nuestro querido, y muy respetado profesor.Pero el tiempo no pasa en balde, es decir, inútilmente. Y aún con la ausencia del profesor, logre aprender algunas cosas que no venían en los libros y que con gusto te comparto en estas páginas.
Primero, aprendí que las personas deben ser valoradas mientras están contigo. Esto significa que debemos reconocer las virtudes y cualidades que poseen. Les hacemos ver la importancia que tienen y los honramos con sinceridad y no por adulación, como dijo el apóstol Pedro,  “amor fraternal no fingido…de corazón puro”.
Segundo, aprendí que todas las personas que llegan a tu vida tienen un propósito. Es decir, que nada es producto de la casualidad y que todas las relaciones interpersonales siempre aportan algo a nuestro “time-line”. Algunas personas solo estuvieron de paso en nuestra vida mientras que otras llegaron para quedarse mucho tiempo; algunas fueron de gran influencia, mientras que otras nos hicieron tropezar; otras nos abrazaron mientras que otras nos rechazaron; algunas nos reprendieron y luego otras nos “chiflaron”; pero al final del camino siempre sabrás que todas, y cada una de ellas sirvieron para hacernos madurar, aprender y crecer en este mundo cada vez más pequeño.
Y tercero, aprendí que la vida sigue y no se detiene. Que hay un camino no recorrido esperando a la vuelta de la esquina. Gente sin rostro que habita en el futuro, amigos sin nombre, compadres con hijos que todavía no nacen y unos zapatos nuevos que todavía no usamos. Por cierto, un año después, la maestra de secundaria me ensenó que el tiempo marcado por el movimiento de rotación que hace la tierra sobre su propio eje no se detiene, y que gracias a ello siempre tenemos un nuevo día; lo cual me hace pensar siempre en el futuro, pero sin olvidar a mi “profe” Moises, que finalmente regreso al salón luego de su recuperación; eso sí, con mucho reposo y con la indicación de no estresarse bajo ninguna circunstancia; indicación que nos concernía, y que fielmente tuvimos que procurar aún y cuando el profesor Moisés tomára su gis aquella tarde y escribiera lentamente en el pizarrón, letra por letra y con mucho cuidado lo siguiente : “Mañana tenemos examen, favor de estudiar toda la unidad diez” y listo, el nuevo dia empezó, Moises regresó, cada uno volvió a lo suyo y mis zaptos nuevos fueron pisados por las viejas costumbres; cierto, la vida no se detiene, y nosotros tampoco.

Miguel Cortez
Macortez1@live.com

2 comentarios en “Ausencia”

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