El viejo emprendedor y el libro extraño

 La historia que les voy a contar sucede en un país muy lejano. No es el país de las maravillas porque Alicia lo encontró primero que yo. Además, lo que les voy a contar está muy lejos de ser una fantasía loca y sin sentido. Más bien es la historia de un viejo emprendedor que se quedó en la quiebra por haberse gastado todo su dinero en banalidades. Nunca aprendió el hábito del ahorro y también por desgracia perdió todas las propiedades que su aparente prosperidad le había dejado. -Nada es para siempre- decía aquel viejo emprendedor-, y menos si no lo cuidas. Terminó trabajando en una vieja librería al centro de la ciudad. Acomodando libros por categoría, haciendo pedidos a las casas editoriales, atendiendo los clientes y organizando un inventario que lo dejaba exhausto cada fin de semana. Entre revistas, libros y café se le iba la vida. El tiempo avanzaba y los años de abundancia y prosperidad quedaron solo en un recuerdo triste y molido por un presente que le rasguñaba el alma. Cierto día de Octubre, por ahí de las ocho de la noche, recibió por correo un sobre color amarillo. No tenía remitente, pero su nombre estaba en el destinatario y no tardo en abrirlo. Saco un pequeño librito, negro, sin título y sin autor; pero muy oportuno al menos para el viejo emprendedor, y también para mí. Estaba dividido en tres secciones y cada sección iniciaba con un mensaje extraño. El primer mensaje decía: «A pesar de nuestras malas decisiones, el Padre nos sigue amando». Estaba claro. El viejo emprendedor había tomado malas decisiones en el pasado, dejándose llevar por el amor al dinero, la fama y el poder. Gastaba dinero para conseguir amigos, cambiaba el tiempo de calidad con su familia por regalos costosos, pensaba que la fortuna era para siempre y nunca considero los consejos de los buenos amigos. Quiso ganarse al mundo, pero se perdió a sí mismo en la fatalidad de sus malas decisiones. Marcos 8:36 Ver. RV 1960.

El segundo mensaje que encontró en la siguiente sección decía: «El amor del Padre lo cubre todo» Efesios 1:23 Ver. RV1960. A lo cual, el viejo emprendedor entendió que no hay depresiones ni ansiedades que los bienes materiales puedan curar. Tal vez un gasto por aquí u otro por haya nos haga sentir bien por un momento, pero solo el amor del Padre le puede dar la plenitud al hombre para que sea verdaderamente feliz. Entonces, eso de ser feliz le hizo mucho ruido al viejo emprendedor, sabía que lo había tenido todo, pero que a pesar de eso seguía sintiéndose solo e insatisfecho. No cabe duda que el tal librito que le había llegado sabrá Dios de donde y que no tenía título ni autor le caía como anillo al dedo aquella noche de Octubre, que por cierto le devolvía la paz y la sonrisa que hace tiempo no experimentaba. El tiempo había pasado rápido, el frio de aquella noche callada se dejaba sentir dentro de la vieja librería. Las luces opacas que producían las bombillas no eran suficientes para alumbrar todo el lugar, pero nada impedía la lectura del viejo emprendedor.

 Casi era media noche, pero atrapado en aquellas páginas continúo la lectura y en la tercera sección encontró otro mensaje que decía «El amor del Padre es tan grande, que siempre deja una puerta abierta». Lo que leyó le dejo súpito – es decir, perplejo y atontado. Es como el paso tres, de los tres pasos para volver al éxito. Se acordó de la parábola del Hijo Prodigo, que en la casa del Padre había mucho trabajo y la abundancia era el resultado de la buena mayordomía de sus jornaleros. Era cosa de decidir bien, hacer un cambio en el viaje y regresar al Padre. El viejo emprendedor ahora se veía motivado, con el anhelo de volver a empezar y hacer las cosas bien. Pero para eso había que regresar a sus viejos principios y valores de fe, reconciliarse con el Padre y dejar que las nuevas oportunidades llegaran en su momento.

 Así que por lo pronto terminó de leer el viejo librito que no tenía título ni autor, pero que en sus notas finales encontró las iniciales de H.P. que nunca pudo descifrar. Una vieja leyenda pregonaba que en los años 40 d.C. un hombre perdió un diario. Un hombre que había ofendido a su Padre pero que luego de verse arruinado y sentado entre tanta miseria regresó a casa con la moral peor que la selección mexicana en tiempos de cólera. Pero que gracias al amor del Padre fue restaurado, levantado y ahora convertido en todo un mayordomo de la alta y buena sociedad. Así que, el viejo emprendedor pasmado por las iniciales, no sabía si pensar que quien había escrito este librito era nada más y nada menos que…. ¿el hijo prodigo?, no! No lo creo. Al fin al cabo esta es solo una historia que sucedió hace mucho tiempo, en un país lejano, donde no existe la fantasía, pero si el amor de un Padre que todo lo puede, todo lo llena y todo lo espera. 

Miguel Cortez
macortez1@live.com
©copyright 2017 Miguel Cortez

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